Un libro del siglo XVI rezaba: "los magos dicen que si una persona se frota a sí misma con un diente de león será bienvenido en todas partes y obtendrá lo que desee".

viernes, 28 de septiembre de 2007

SCRIPTS o GUIÓN (Y PUNTO, O INCLUSO VICEVERSA) (R. Creek)


Primera secuencia
Él la ha invitado a cenar. Realmente deseaba hacerlo. Con todas sus ganas. Ella, compañera de casa, compañera, le ha ayudado a prepararlo todo: calidez en el sofá, aroma de jazmín en la bañera, luz acariciadora en la alfombra…
Segunda secuencia


La invitada está llegando. Ellos se miran a los ojos y, en la breve despedida, mientras ella se dispone a salir a matar el tiempo en el cine, el hasta luego les suena a adiós. En ese preciso momento, no antes, tampoco un segundo después, ese cruce de miradas se convierte en una asombrosa tela tejida de temores, de pérdidas que -lo saben ya desde esa mirada- no van a producirse, de presagios que -ahora tienen la certeza- no se cumplirán, de deseos que toman forma en el instante en el que él hizo emerger, de lo que era línea bipolar, un tercer vértice al que, de pronto, quieren engullir para volver a ser línea. Cubren con la tela a la invitada y, hocus pocus, al levantarla la invitada es una intrusa.


Secuencia ¿final?


La invitada no lo sabe cuando aparece con la botella de tinto elegida cuidadosamente (sometidos a interrogatorio los mejores sommeliers de entre sus amigos). Lo ignora todo cuando toca el timbre, la mirada borracha de antemano, ajena a los espiritosos. Contiene la respiración mientras se va abriendo la puerta de su pasión largamente conquistada, una puerta que parece guardar un tesoro egipcio -¡un secreto, tonta, siempre confundes secretos y tesoros, cajas de Pandora con pecios de galeotes españoles! ¡espabila!- no, un tesoro: el de la isla de Stevenson; una puerta que se toma tanto tiempo como si fuese a dar paso a la mejor comedia-romántica-desuspense (pongamos Misterioso asesinato en Manhattan o Irma la dulce o pongámonos Con faldas y a lo loco). La puerta desaparece del plano para dar intensidad al marco y lo que contiene: la mirada de él ya no es la que tenía, invitadora, cuando le envió cantos de sirena al Olimpo límbico en que se encontraba. Ella toma conciencia y exhala el aliento contenido, que casi suena como un gemido, mejor: como un último estertor. Es la intrusa. No el otro extremo de una línea recta; ni siquiera el tercer vértice. Un punto estratosférico alienado del universo particular que, minutos antes, acaba de (re)nacer del Big Bang de un “hasta luego, mucha suerte con ella”.


Se gira y se aleja murmurando mentalmente al pequeño mundo ajeno: lo siento, lo siento mucho. Muchísimo. No sabía. Aunque sabía, no sabía que... No. No esperaba... Lo siento. Lo siento. ¡¡Lo siento tanto!!


Y, a lo lejos, su figura de invitada-intrusa desaparece en un fundido de peón de negras.

lunes, 24 de septiembre de 2007

TAN POBRE… ¡QUÉ POBRE! (R. Creek)


Porque así lo quieres y porque así te quiero, me finjo en el papel de idiota idolatrada, idiota sapiente de que, para no herirla, me sangras.

No soy, no. Lo sé aunque calle e interprete.
No soy la luna que desata tus mareas,
el viento-aliento que provoca tus crecidas,
ni el cuerpo que despierta tus deseos.
No soy ni el nombre que pueda pronunciarse.
No soy, no. Hasta de mi ser desposeída.

Aleteo, mariposilla frívola, riente-inconsciente, como tú quieres verme y como quieres que me vea. Me acerco al candil, sin salir del rol que has escrito para mí, para ella en fin. Y, a su luz, muero en la dolorosa certeza de saber quién soy, de sentirme ridícula en este trágico disfraz de payasa convencida, de ver cómo me sobran costuras sin faltarme ni una hechura.

Reflejada en tus ojos me veo empequeñecida. Me atrapas en la minúscula pecera de tus pupilas negándome el derecho a crecer por mi cuenta y en mi mundo, no vaya a ser que ella, entonces, sepa de mí.

Silencio. Siempre silencio. Respetando con piruetas el cartel de NO MOLESTEN que ni siquiera has colgado, porque sabes que lo leo en el mismísimo silencio. Ese silencio que grita. Tú callas aullar a otra estrella. Yo callo saberlo sin que lo digas y ejecuto la cabriola que serena tu conciencia.

Tú derramas las migajas en mis manos, las encierras entre mis dedos, y me dices, sin poderme sostener la mirada: Es oro. Y yo, que conozco desde siempre la textura del pan duro, con la alquimia de una pasión con la que no me correspondes, las transformo y, antes de extenderte de nuevo mis palmas, repito tus palabras en conjuro: Es oro. Y oro ves, porque oro hay. Oro que vuelves a robar de mis manos para depositarlo en otras que no tienen mi tacto, diciendo, esta vez sí, a sus ojos: Es oro.

En fin, que el motivo de la presente era sólo para que supieses que me duele hasta la médula este tanto tejer.

LA NIEBLA NO ES SINO NUBE (R. Creek)


Puesto que a menudo camino entre nubes, estoy más que acostumbrada a aterrizajes forzosos. A veces soy yo misma quien me obligo a bajar cuando avisto peligro, cuando paso demasiado tiempo arriba y veo que empieza a afectarme la altura, cuando corro el riesgo de no poder bajar más, o, simplemente, cuando mi cordura, mi falta de ella, empieza a ser una invariante.

Por tanto, creo controlar muy bien el plano de deriva, y saber cuándo sueño y cuándo tengo los pies fríos por el contacto del terreno. Y por eso también me pilló todo tan por sorpresa: Ignoraba que las nubes también pueden descender y envolverte, no tenía ninguna previsión sobre ello, había olvidado la escuela ¿y quién recordaba niebla como otra cosa que el perro de Heidi? Cuando me he dado cuenta, ya no encuentro la salida y, lo que es aún peor: no sé si quiero buscarla.

Mi nube tiene cien mil formas y millones de rincones que explorar. Desde sus zonas tormentosas exhala a veces hacia mi garganta un aliento gélido que me petrifica, y salgo corriendo, temerosa de que me aprisione para siempre en el desamor, o incluso en el amor -las prisiones de hielo no siempre tienen una forma o un origen concreto-. Pero mis huidas provocan su ternura y con el calor se dispersa la tormenta y se barren mis dudas, desaparece esa cortina opaca con que me ciega y que yo no quiero atravesar nunca, por temor a encontrarme con otra yo sufriente de amor y desamor, con un reflejo de mí misma investida en otra.

Mi nube también tiene recovecos amargos que no deja traspasar. Cuando paseas próxima a ellos los reconoces enseguida, porque las gotitas en suspensión te impregnan los labios dejándote sabor a lágrima. Te invaden, entonces, unas ganas locas de magnificarte para poder engullirla en un manto ovillante y protector, convertirte tú en la nube de la nube para devolverle el regalo con que te regala a cada instante: aislarla de la realidad, impermeabilizarla de temores, levitarla y acolcharte para amortiguar sus pesares.

Vivir en una nube da vértigo, incluso cuando se trate, como en mi caso, de una nube que te obliga a permanecer en tierra. Las nubes terrestres son trampas de deseos que te crean la ilusión de flotar para siempre sin dejarte, sin embargo, despegar del todo. Las nubes como la mía te hacen creer, a pesar de sus palabras lastradas de realidad, en el espejismo de que vas a poder tocarlas, olerlas, suspirarlas, estrecharlas en tus brazos para, cuando haces el intento, comprobar que no estás sino abrazada a ti misma.

Vivir en una nube es peligroso. Mi nube me prepara lechos de palabras en orden alfabético y me susurra, en una brisa por sorpresa, los poemas más dulces y más anestésicos, los más etéreos. Por eso cada mañana abro los ojos despacito, temerosa de verme rodeada por otra cosa que no sean sus abrazos galeánicos y sólo cuando entreveo la mesilla, de madera de roble, tintada inusitadamente de rosa, respiro aliviada.

Vivir en una nube produce efectos relajantes, anfetamínicos, hilarantes, lacrimógenos, heladores, abrasadores, de plenitud y de vacío, de inseguridad y de omnipotencia, de dicha e infortunio, de intangibilidad y de orgasmo... de locura, en fin. Y, sin embargo, no hay sensación meteorológicoemocional que pueda equipararse a la felicidad, al estado de maravillosa idiocia que deriva de la suerte increíble de que te atrape una nube.

jueves, 13 de septiembre de 2007

FUEGOS FATUOS, FUEGOS DE SAN TELMO, FUEGOS PASIONALES, PÁJAROS DE FUEGO, FUEGOS ARTIFICIALES... ALGUNOS QUEMAN, TODOS DUELEN (R. Creek) /Un hombre de Neguá (Galeano)


Para los que no hemos vivido nunca un terremoto, el temblor de los cristales al paso del camión cisterna nos anuncia el fin del mundo. Para los que aún no hemos sufrido terribles pérdidas, el que se afloje levemente la presión de la mano que nos acaricia nos presagia la más oscura de las desolaciones.

Por eso es que amo a Einstein y sus relatividades casi tanto como detesto las manzanas newtonianas. Y por eso es que le rezo a la estampita de Copérnico, garante de que el sol seguirá saliendo tras cada negritud, no importa cuánto dure. Y por eso es que, si me pierdo, prefiero mil veces, como guía, los abrazos Galeanos y sus señales luminofueguinas antes que cualquier satélite gpsiano o cualquier Campsa actualizada y con alojamientos.



Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al cielo. A la vuelta, contó. Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos.- El mundo es eso - reveló-. Un montón de gente, un mar de fueguitos. Cada persona brilla con la luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay gente de fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas; algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman, pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca se enciende. (Eduardo Galeano. El libro de los abrazos -fragmento-).

SELENITAS (R. Creek)




Si me zambullo en la historia de la Historia, a duras penas logro encontrar un ser más cruel que Newton. Me refiero, obviamente, a su faceta gravitatoria. ¡Él y su G constante malditasea! Por su culpa sabemos que todo lo que sube baja (quién le preguntó nada). Sin remisión, sin excepción. Por su culpa conocemos que pueden elevarnos muy alto, crearnos la ilusión de volar, pero que el batacazo es seguro condenadoNewton.

De no haber venido él con sus leyes, algunos seguiríamos creyéndonos Clark Kent, susceptibles de ensupermanizarnos sin más. Cierto, nuestra calcomanía contra el asfalto sería sólo cuestión de tiempo. Pero lo veríamos como algo… no sé, accidental; sí: lo consideraríamos un error de cálculo, un fallo icariano consecuencia de una pésima elección de fijador de alas.

Siempre que alguien nos lanzase contra el firmamento creeríamos inquebrantablemente que podríamos seguir subiendo infinitamente benditoBuzzLightyearcawenIsaac. La gravedad no nos parecería tan grave, si me permiten el chiste fácil.

Pero, claro, tuvo que venir él, el bueno de Isaac, a abrirnos los ojos, a prevenirnos contra los bateadores de espíritus levitables, a avisarnos de que si ahora eres flotante esfera de helio en manos de David Copperfield, en escasos segundos serás la pelota del Galileo de la torre de Pisa.

No sé cómo lo veréis vosotros, pero yo no encuentro otra solución, para curarme de esta gran inquina contra Newton, que la de desafiarlo fijando mi residencia permanente en la luna. Eso, o retornarme a la dulce inopia de la infancia.

LAS PERSONAS PARARRAYOS (R. Creek)




Hay personas que, por su constitución o forma, atraen las descargas. Son personas pararrayos. La tormenta se forma a decenas de kilómetros, se va cargando de electricidad por el camino, y acude hacia la persona pararrayos como consecuencia de quién sabe qué azarosa atracción (el electromagnetismo es así de peculiar en lo suyo). Una vez allí, no unos metros más allá ni más acá, precisamente allí, sobre la persona pararrayos, el cúmulo tormentoso se deshace de toda esa sobrecarga iniciada a distancia y alimentada por el camino.

El cruel destino de las personas pararrayos es tal que incluso puede sucederles el verse sacudidas a través de un beso. Son esas personas que, al ir a recibir a un ser querido, le tienden los brazos al verlo salir del coche, brincando de alegría; ponen los morritos y… ¡zzzmmmmmmzzzzzmmmmm! ¡toma electricidad estática almacenada desde Burgos!

Es terrible.

Las personas pararrayos a menudo ignoran su condición de invento frankliniano y están ahí en lo alto, tan visibles, tan felices, tan ignorantes de lo que se les avecina. Si las personas pararrayos tuviesen la más mínima noción de su fatal estructura y composición, no se quedarían tan anchas, tan oreadas, en los tejados mirando estrellas. Vivirían -ocultas, pero protegidas- en sótanos, en refugios nucleares o en la fosa de las Marianas. O se conseguirían otra persona pararrayos con que cubrirse. Pero son bastante... digamos irracionales, e incluso después de varias descargas, siguen trepando a los aleros a maullar. ¡Si es que parece que lo pidieran a gritos, no me digáis! Alguna gente las llama, eufemísticamente, ilusas, románticas, "inocentes". Otras, quizá más realistas, las llaman inconscientes, temerarias o hasta piradas. Se les cuelgue el sambenito que se les cuelgue, lo cierto es que pasman (incluso a sí mismas). Tras la confusión del impacto que las derriba lanzándolas al suelo, con escayolas en el pensamiento, muletas en el corazón o collarín en el desánimo, vuelves a ver a las personas pararrayos encaramadas en un nido de cigüeña, en las torres Petronas o en el campanario de la iglesia del pueblo, totalmente ajenas a las palabras de Mario Picazo sobre borrascas tormentosas aproximándose desde el centro de la península.

Son terribles.

lunes, 10 de septiembre de 2007

GENTE GUAPA (R. Creek) / On the sunny side of the street (Cyndi Lauper)


©RAS

Cuando permaneces mucho tiempo atrapado en un mismo entorno, terminas olvidando lo increíble que es tu vecino; te acostumbras de tal modo a sus paisajes interiores que en nada te asombra lo que embellece o facilita en cada gesto tu vida. Al contrario: en muchas ocasiones, la fuerza de la costumbre puede hacer que, habituado a lo que debiera resultarte extraordinario, termines exigiéndole como derecho lo que nunca fue otra cosa que un privilegio con el que fuiste agasajado; a veces, incluso, desvirtúas los dones y terminas impregnando/percibiendo las relaciones con un tinte de mercantilismo interesado que las pervierte y deforma.

Cuando sales de lo cotidiano y no dependes de nadie más que de ti mismo y de tus semejantes, para quienes no eres sino un extraño que está de paso y que con nada vas a reciprocicar sus atenciones, te das cuenta de que el mundo está tan poblado de gente maravillosa que jamás te va a caber dentro toda esa corriente de afecto y generosidad/agradecimiento que se desencadena. Y por eso, porque desborda tu capacidad cardíacosensitiva, la vas irradiando por doquier a través de cada poro y con el brillo inusitadamente intenso que se enciende en tu mirada. ¡Qué guap@ estás en estas fotos! -te comentan al volver. Es verdad, qué guap@ me siento. ¡Y ya verás cuando te muestre la cordillera de afecto con que me tatuaron piel adentro!

ON THE SUNNY SIDE OF THE STREET ¡YO CRUZO!


Grab your coat and get your hat
Coge tu abrigo y ponte el sombrero
Leave your worries on the doorstep
Deja tus problemas en la puerta
Life can be so sweet
La vida puede ser dulcísima
On the sunny side of the street
en la acera donde da el sol.

Cant you hear the pitter-pat
Puedes escuchar el taconeo
And that happy tune is your step
y esa melodía feliz de tus pasos
Life can be complete
La vida puede ser plena
On the sunny side of the street
en la acera donde da el sol
I used to walk in the shade with my blues on parade
Solía caminar en la sombra con mi alma en vilo
But Im not afraid... this rover? s crossed over
no tengo miedo ¿este vagabundo? cruzo saltando

If I never had a cent
Aunque no tuve nunca un céntimo
Id be rich as rockefeller
ni soy un Rockefeller
Gold dust at my feet
hay polvo dorado en mis pies
On the sunny side of the street
en la acera donde da el sol.

martes, 4 de septiembre de 2007

SOÑAR FRÁGILES BURBUJAS (R. Creek)


Como en las pequeñas y bellas historias del cine (ésas que de tan pequeñas parecen, además de deseables, posibles; ésas que añoras sin haberlas vivido) lo peor de los sueños imposibles no es tanto el despertar y ver el hematoma que te recuerda que no eres Alicia, que no puedes atravesar ese espejo, cuanto que, al abrir los ojos después de haberlos tenido invadidos de un mundo ilusiorio, la realidad que te circunda ya no te parece tan maravillosa como antes de fabricar esos mágicos sueños irrealizables. Despiertas mientras, como decía mi abuela, sigues con el corazón dormido, y tardas tanto en darte cuenta de que has aterrizado que, durante un tiempo que parece infinito, sigues, sin poder impedirlo, aleteando con los brazos extendidos, mientras arrastras los pies con el corazón encolado a las suelas, triste constancia de tu total desadaptación.

Mi agapi dice que es una sensación de conocer lo desconocido. Sí, una vida soñada, o algo así, que ¡alehop! surge de la nada como si nunca hubiese estado en ningún otro lugar más que delante de tus ojos, y que se te representa tan tangible que parece que vas a poder tocarla, que la vas a atrapar o que te vas a dejar atrapar por ella; y alargas los dedos, con una sonrisa infantil, como hacías en las películas 3D cuando pasaban a tu lado las burbujas de colores, para comprobar ¡poff! que estás tocando humo, vacío,... Y, sin embargo, no eres capaz de reconocerla como un reflejo de tu propio anhelo, como si te resistieses a su imposibilidad.

sábado, 1 de septiembre de 2007

NO SÉ (R. Creek)




Yo no sé si es cierto que lo que digo, en el fondo, no es sino lo que a ti te llega. Quizá lo disfrazo y tú lo desenmascaras antes, siquiera, de haber terminado de pronunciarlo. No sé si es cierto que, impíamente, intento huirte porque me abraso en ti y, sin poder hacerlo, persigo provocar tu hastío. No lo sé. No sé si, catatónica, trenzo cuerdas y luego me ahorco con ellas. Lo que sé es que, buscado o no, cuando te alejo agonizo en una tortura en la que sólo deseo que se apaguen todos mis latidos, incluso los que me despiertan amante, para que cese la desesperanza. Sólo quiero, si te duelo, cerrar la puerta y dormirme, no sé si para siempre.

Tampoco sé si lo que tú callas es lo que yo escucho, ni si lo que te subleva es que lo inhale incluso sin que lo desprendas. No sé si eres tú quien, invocando esquivar la brasa de confusión en que te sumo, y no viéndote capaz, ideas fabricar mi desgana. No lo sé. Lo que sé es que cuando te veo agonizar en la tortura, no deseo sino consumir los latidos, -incluso los que nos llevan a dormir abrazados- para agotar el sufrimiento. Sólo quiero que cerremos la puerta y soñarte. Y sé que para siempre.

Yo no sé si es intentando perfilarte que te borro, o si es cuando me moldeas que me deshaces. Sólo sé que voy a seguir bocetándote hasta que mi mano se adiestre a tus contornos o hasta que tu perfil se oville entre mis manos. Sólo sé que cada vez que me conviertas en añicos, me dejaré resurgir, masa informe, entre tus manos tantas veces como me rebele negándome a adoptar el cuerpo que me quieras dar.

No sé si es al escapar en tinieblas, el uno del otro, que chocamos en un orgasmo infinito; o si es buscándonos a tientas que terminamos distanciándonos. Sólo sé que no es preciso perderte para empaparme de cuánto te necesito ya. Y sé también que, incluso cuando salgo en loca fuga, no pretendo sino gritarte en un susurro como Nino Belvedere:

(- ¿Acepta usted por esposa a Norma Pellegrini para amarla, cuidarla en salud y enfermedad, hasta que la muerte los separe?)
- Y después también.

UN CUENTO (R. Creek)



A mí siempre me han gustado los Guido Orefice, los George Baily, los Eduardo Manostijeras, los Alfredo (no los Corleone, sino los proyeccionistas), los Tiberio Claudio, Paco el Bajo, los Yuri Zhivago, etc. Me gustan, sí, qué le voy a hacer. Son seres que razonan las emociones, y las canalizan, no les importa parecer “débiles” cuando muestran su faceta humana, lloran en público por nimiedades porque sus tragedias no pueden/quieren llorarlas ni en privado. Razonan ¡pobres debiluchos! incluso con el “enemigo” y ¡pasmante! buscan ¡mendigan! el aprecio de éste en reciprocidad al que ellos le profesan; no dan nunca por perdido un afecto que fue sincero. Un poco a lo Quijote, quieren encontrar razones incluso en el reino donde sólo gobiernan las emociones desbocadas.

Pero, puesto que nunca he sido acólita de banderas del “conmigo o contra mí” y nunca he aceptado dicotomías creadas artificialmente, con o sin intereses de por medio, también les encuentro su encanto a los Brutus shakespearianos, a los Dmitri Karamazov, a los Stanley Kowalski,... que actúan emocional, radical (de raíz), visceralmente, por impulso y, esto los hace semejantes a los del primer grupo: con corazón, asumiendo ¡solos! -no precisan de la camarilla que inevitablemente los sigue sin ser llamada- las desmedidas consecuencias precipitadas de sus errores. Ellos emprenden o aceptan sus propias peleas, esgrimen sus armas abiertamente, y echan lo que haya que echar. Aciertan o se equivocan, pero son protagonistas de ambos, de atinos y desatinos, y no se esconden de los segundos ni se vanaglorian en exceso de los primeros. Son pasionales, todo o nada, no perdonan ofensas ni atienden a razones, viven los tropiezos como afrentas dolorosas. Comparten con el primer grupo corazón -como ya he dicho- y nobleza.

Entre ambos tipos, alrededor, arriba, abajo, inmersos, mezclados,... hay todo tipo de personalidades (incluidas las de "a río revuelto", que me interesan menos en general, porque suelo aprender poco y -llamadme acarajotá- me parecen siempre de idéntico guión y pobre registro). Probablemente todas tienen su encanto, pero hay, en la vasta tipología de seres y enseres, una categoría a la que no he soportado nunca: la de los ventajistas-arribistas-aduladores-correligionarios de todo. Sólo actúan tras la iniciativa de, nunca inician -aunque instiguen y/o provoquen su permanencia- el conflicto; esperan agazapados para saltar, pero nunca son abiertamente los protagonistas, aunque, si de ellos depende, una contienda nunca terminará en tregua o entendimiento; el botín es suculento y la inversión que hacen nula, puesto que los que arriesgan son los otros; espolean al “fuerte” visceral y asumen siempre las ofensas a éste como suyas propias; aunque, si se quedan solos, siempre encuentran recursos dialécticos para quedar en el mejor campo. Nunca nadan ni a favor ni contra corriente, se quedan siempre entre dos aguas, a la espera para valorar cuál es el curso favorable. Son astutos e inteligentes, pero nunca les mueven ni el corazón ni la razón, sino el propio interés. Juegan un papel destacado de vengador, pero guardan la ropa de cordero por si hay que plegar velas. Exhiben magnos estandartes con sus batallas ganadas, y nunca con las perdidas, porque ellos no se equivocan nunca: se les malinterpreta. Sí, sé que hay que respetar (y lo hago) incluso a éstos, pero nadie puede pedirme (porque es superior a mi voluntad) que inhiba un sentimiento, digamos eufemísticamente, de disgusto ante los Casio, los Iván Karamazov, los Vitelio, los Mae Pollit, los Victor Komarovsky...

A pesar de todo, no quiero que los Daniel da Barca se conviertan en Taras Bulba; ni quiero que los Antipov se enfunden la piel de los Pierre Bezukhov. Sin éstos no hay cómo apreciar a aquéllos y sin aquéllos y éstos la vida pierde matices. Lo que sí sería muy útil ¡y puede ser que hasta divertido! es que ambos, éstos y aquéllos, reconociesen perfectamente a sus Sénecas, a sus marquesas de Marteuil...

¿A que es un cuento muy bonito? Pues es el de nunca acabar.
Agosto 2005


viernes, 31 de agosto de 2007

LA QUEEN. EL JUGADOR. LOS IDIOTAS. (R. Creek)



No eres jugador profesional. Te has enganchado porque quieres una reina. Llevas partidas y partidas esperando que te toque. La reina. A veces piensas que en esa baraja no hay reinas, y te cabreas con la moira croupier por hacerte creer lo contrario, y con el zeus director de casino, que te dice que no sólo está ahí, sino que puede ser tuya. Desprecias cualquier otra carta a la que des la vuelta, incluso las figuras; ni las juegas. Sólo esperas esa reina. ¡Vamos reinita, que yo te vea! Cuando estás empezando a plantearte dejarlo (aún no sabes si serías capaz), desfallecido, agotado por la espera que empieza a parecerte inútil, aparece ella, cerca, a punto de rozar tus yemas.


Llevas años obsesionado con tocarla, haciendo apuestas cada vez más fuertes. No te queda nada sino tu tesón enfermizo, no te queda ni tu mismo yo. Pero el deseo de que pase por tus manos es directamente proporcional al número de partidas que llevas sin haberlo conseguido ni una vez tan siquiera. Es una trampa cada vez más engañosa y esclavizante. Una trampa de tu propia mente, cada vez más asfixiante, y más cautivadora cuanto más crees poder escapar ganando.


También la reina flaquea a veces, y está a punto de rendirse en tu mazo, pero cae en el siguiente y se descubre, para que veas lo cerca que has estado de tenerla. Cuando desaparece por un tiempo, empiezas a jugar con una frecuencia febril, creyendo así aumentar las probabilidades de verla otra vez.


Un día la suerte te pasa un comodín, el bufón, el loco. ¡Qué suerte la tuya! ¡Por fin! ¡Podrás jugarla como reina! Pero no te encaja en la partida. Quieres jugarla, quieres hacer el comosifuera, pero no consigues engañarte. Justo ahora no necesitas una reina. No esa reina. No consigues que el eres tú lo que quería suene veraz. ¡Vaya mierda! ¡Un comodín! y sigues jugándolo de reina. Vaya mierda, sí. Vaya mierda para el comodín, que se ve, republicano omnivalente, en polisón y con ridícula corona, teniendo que hacer de tu reina. Vaya mierda para el bufón, condenado a fingir creerse soberana, condenado a hacer que cree en tus palabras de que no deseabas otro naipe en el mundo, cuando sabe que estás maldiciendo tu mano y su estampa.


Ora lo doblas, inmisericorde, cuando ves sonreír a tu reina sobre el tapete. Ora lo exhibes ante ella como el mejor de los trofeos, pretendiendo humillarla tanto como la deseas. Al comodín-reina, en su dolor, le dan ganas de saltar y hacer monadas, atracción de feria; pero calla y sigue fingiéndose tu reina elegida, soportando tu mirada insatisfecha que lo convierte en ridículo remedo con el que la fatalidad se ríe de ti.

¡Vaya mierda!- repites, incapaz de ver en el loco al guerrero, a la reina, al rey, al as de todas las armas... El comodín-reina también piensa ¡¡vaya mierda!!, pero te sonríe como si creyese tus palabras (eres mi reina), y se repite que es un maldito infortunio que no te toque de una puñetera vez tu reina para poder liberarse. Y grita, pero por dentro, que qué podrida suerte ser la reina postiza en unas manos que no saben jugarlo de otro modo, y que ¡qué desdicha que te lloren encima y te hagan llorar, y tengas que hacerlo p'adentro, y seguir sonriendo cual emperatriz encantada de su suerte! ¡Qué mierda sentirte una mísera reina de pega, cuando sabes que en otras manos lo valdrías todo! ¡Qué trampa ser, sin serlo, una carta de mierda y no saber, poder, querer escaparte de esta partida endemoniada en la que te has dejado atrapar y de la que no quieres salir por no dejar de ser su reina, aunque sea de pega! Es una trampa cada vez más engañosa y esclavizante. Una trampa de tu propia mente, cada vez más asfixiante, y más cautivadora cuanto más crees poder escapar ganando.

jueves, 26 de julio de 2007

ES TAN AGRADECIDA Y, AL TIEMPO, TAN POCO AGRACIADA, LA POBRE... (R. Creek)





-Una promesa cumplida- 

¡Otra vez se había dejado el mp3! Como en un recurrente acto fallido de ésos de Freud. Aunque a él todos esos rollos le parecían paparruchas, estaba empezando a pensar si no habría un poso de verdad -pequeño, desde luego, muy pequeño- en todo ello, porque era ya la quinta vez que le sucedía. 

En la primera ocasión, cuando vio que no estaba caído entre los asientos del Nissan, y que en casa tampoco aparecía, creyó que lo había perdido a saber cómo. O que aparecería en el sitio menos pensado. En él no era nada raro despistar cosas. Por eso precisamente su descreimiento para con Sigmund: de tener razón, la lectura sería la de que él estaría dejando pistas a todo el mundo sobre todo lo que era él, perversas fantasías incluidas. ¡Y hasta ahí podíamos llegar! Nada de sutilezas: él era bien clarito para verbalizar los deseos eróticos. No los tenía nada reprimidos. ¡Que le preguntasen, si no, a la médica de su postadolescencia, que no llegó a tocarle nada, pero no sería porque él no lo hubiese repetido en voz alta, como un sortilegio, más de 20 veces -“quemetoquealgopordios quemetoquealgolo que sea”-! Y eso en los escasos tres minutos que duró la visita.

En esa primera ocasión en que a su mp3 le crecieron patas, al volver el lunes al trabajo encontró en su mesa una llave pequeña junto con un postit de ésos que parecen mordidos por un ratón: “Creo que es tuyo”. Enseguida identificó el llavín: era idéntico al suyo, el que daba acceso a su cajón en la mesa (el de arriba), ése en el que, a la hora de salir, derramaba de una sola barrida todo lo que había desparramado a lo largo de las 8 horas anteriores. ¡Ahí se iba a quedar él cinco minutos más a organizar! ¡De qué! ¡Si además, al día siguiente, no iba a tardar ni medio minuto en caotizarlo todo de nuevo! 


Con curiosidad, probó la llavecita en el cajón de abajo. ¡Eureka! Sobre una colección de objetos tan increíble como la suya propia, aunque más colocados, estaba su mp3. Miró de reojo a su alrededor y, al comprobar que nadie se fijaba en él, actuó con toda la naturalidad que le permitían sus nervios. Como si de sus propias cosas se tratase, sacó lo primero que llamó su atención y cerró de golpe el cajón, consciente de estar violando un espacio privado. 

¿Quién (de los tres que aparecían en la foto) sería su homólogo matinal? Ése que compartía “su” silla, “su” monitor, “su” mesa, “su” actividad, pero nada más (ni su cajón, al menos hasta hoy) ¿sería el de las gafitas? Seguro. Parecía un ratoncillo, y su postit estaba roído... -se dijo internamente muerto de risa; pero qué golpes se le ocurrían a veces-. La tía no estaba nada mal. La llevaban los dos, el ratoncito y el calvo, a la sillita de la reina, y enseñaban los tres unos dientes perfectos. Tenían que ser hermanos. Tanta complicidad no podía darse en un trío, ya fuesen amigos, pareja y amigo, trío de hecho... Perdió toda la tarde haciendo su trabajo mecánicamente mientras su mente intentaba decidirse entre los tres. Al final no será ninguno, verás, se dijo mientras ejecutaba su habitual barrida/findecurro. Cuando estaba llegando a su casa, se golpeó la cabeza contra el volante y, haciendo un cambio de sentido prohibido, salió a toda leche hacia el trabajo: ¡había barrido la foto a su propio cajón en lugar de devolverlo a su lugar de origen!

En los siguientes tres olvidos (ya empezaba a dudar de si llamarlos así) de su mp3, éste volvió a aparecer, pero sobre la mesa y sin postit. Ya nunca más en el cajón de su compañero. Le inquietó ese gesto, porque estaba seguro de haberlo dejado todo tal y como lo encontró, añadiendo al llavín una nota desenfadada e impersonal, en el mismo postit mordido: Muchas gracias, colega. Te debo una. Salvo la foto que hizo con su móvil a la imagen del trío, y que descargó rápidamente en su ordenador, con la paranoia típica del que se ve pillado a la menor, nada podía haberle delatado. Además, si le había dejado la llave, fuese quien fuese, sería porque no había nada que intentase preservar, ¡digo yo! ¡ya haría falta ser tonto!

Ahora le había vuelto a suceder, pero no pensaba volver a por él. Sabía que el ratoncito se lo dejaría allí, como las últimas veces. Lo que le daba rabia era que pudiese llegar a pensar como Freud y concluyese que lo hacía para poder volver a registrar su cajón o algo así. ¿Y por qué iba a pensar esa tontería? ¿Y por qué le preocupaba a él lo que el ratoncito pensara? ¡Pues porque no era verdad, joder! Sí, ya, pero ¿por qué estaba pensando él en el ratoncito? Vaaale. Confieso: estoy pensando en la posibilidad de que no se trate del ratoncito sino de ella. ¡Pero lo del mp3 ha sido olvido! ¡Todas las veces! ¡Joder, que también se dejaba cosas en casa y ahí no esperaba que nadie le dejase un postit mordisqueado! ¡Maldito Sigmund! ¡Maldito y delirante! ¿A que vuelvo a por el mp3 y le echo a la mmmmiiieeerrrda toda su teoría sobre los actos fallidos? Bah, que piensen lo que quieran. ¡Freud, el ratoncito, la de la sonrisa encantadora –sí, era encantadora, su sonrisa, pero no pasa nada, joder- y la madre que los parió! ¡Qué manía le estaba cogiendo a la niña ¿eh?! ¿Por qué tenía ella que pensar nada de él? Aceleró y subió el volumen de la radio para evitar la pregunta que estaba a punto de hacerse. ¿Pero Roger, tío, tú estás lo…? Tequieroparatoooooooooo dalavida tequieroparatoooooooooooooooo dalavidaaa yoseríalapersona máaaaaaas feliiiiiiiiz… Empezó a desgañitarse. ¡Qué manía le tenía también a esta canción! Paratooooooooooo dalavidaaaa tequieroparatoooooooooo… Llegó a casa agotado.

Cenó frente a Maca. ¡Cómo se le parecía la chica de la foto! En nada. No se parecían en nada. O a lo mejor sí. No recordaba cómo era la chica de la foto. Sabía que sonreía. Los tres lo hacían. Pero no tenía la menor idea de si la sonrisa de ella era encantadora o forzada. Estaba rellenando su imagen a su antojo. ¡Y todo por culpa del condenado mp3! Se inundó de cotidianidad y decidió acostarse. Hoy no tenía ganas de chatear y volverse loco con los culebrones que se fabricaban en dos frases mal dichas.

Antes regó su planta. ¡Cómo te quiero, plantita, aunque no me hagas ninguna compañía! Claro que yo a ti te tengo más abandonada que la madre de Marco a su hijo, con el agravante de que yo no me he ido a los Andes. Y tú ahí, resistiendo. ¡Pero qué agradecida eres! Joder, ¡pero si es que ya casi ni tienes hojas y no se sabe ya ni hacia dónde creces! Qué poco agraciada eres ¡y yo qué poca vergüenza tengo! Le dio mentalmente un besito de buenas noches, agradeciendo infinito que los pensamientos no se condensaran en visible bocadillos de tebeo, y se fue a la cama. ¡Joooooooooooo deeeeeeeeeeeer! ¡El mp3! ¡Si estaba en la mesilla! Se descohonaba. ¡Sería idiota!

miércoles, 25 de julio de 2007

OMBLIGARSE (R. Creek)



©Allan Teger
Cuando estoy triste me ombligo. Me ovillaría. Pero no. Me ombligo. No hay pena que sienta mayor que la mía, aunque sepa que cualquier causa es más merecedora de lamentos que ésa mía. Mis penas son siempre penas tontas, como de juguete, penas de no venir a qué, penas de risa, ¡pero qué sartrista me ponen! ¡y qué baldada me dejan!

Además, en pleno ombligamiento, veo palmas abiertas hacia mí, y pienso, emocionada: qué bonitas manos, qué inmerecidas, qué gente, ésta, propietaria de unas manos tan… manos. Y el gesto también me pone melancólica y sartriana.

Aunque suene a perogrullada, yo, cuando me ombligo, soy muy yo, muy mía, muy enyoizada, y no hay quien me rescate sino ese yo umbilicado y existencialista que, sin ton ni son, tal y como se ombligó, se desombliga solito. Ridiculeces que tengo.

lunes, 23 de julio de 2007

UN CARPINTERO SIN LÁPIZ (R. Creek)





- ¿Me puede invitar a un cigarrillo?
- Es negro.
- Sí, sí...


Ella continúa leyendo, haciéndose ajena a la llamada tácita de esos ojos azules y hambrientos que cuando buscan palabras solicitan tabaco.

- Es que yo fumo picadura, y ahora con estos dedos... imposible.

Alza la cabeza y lo mira largamente, con una sonrisa de asentimiento que quiere esconder el miedo al contagio del peor virus: el de la soledad. Y, huyendo, vuelve a hundir su cara en la historia del pintor que cabalgaba sobre la oreja de un hombre tan solo, quizá, como éste que no puede ya líar tabaco.

- ¡Un tabaco muy bueno, éste!

A su pesar, vuelve a levantar su rostro hacia el de él. Él aprovecha y continúa, brevemente:

- Sólo lo fumé una vez. De niño. Cuando le robaba tabaco a mi tío. Entonces no me gustaba. Pero es bueno... Muy bueno.

Ella intuye que ese cigarrillo, en realidad, sigue pareciéndole, como en su infancia, el último recurso. Antes, su último recurso para parecer mayor; ahora, su último recurso para recuperar la infancia y retomar el punto inmediatamente anterior a aquél en el que perdió su destreza con la picadura y el papel de arroz. Le sonríe de nuevo sin decir nada, privándose de decirle que ella también lo fumaba sólo cuando se lo robaba a su padre cuando era adolescente, negándose al parecido que le encuentra con ella misma, y vuelve a hundirse en las sábanas con que las lavanderas están pintando el monte.

Él no se rinde, tal es su necesidad de emitir sonidos, de contar historias como las de Herbal. Ahora ella lo tiene de pie, a su lado:

- ¿Me permite que le invite a uno de éstos? –dice con la comisura que le queda libre, mientras le tiende un cigarrillo recién liado. Ella se lo agradece y lo enciende sujetándolo con mimo: está tan flojo que amenaza con deshacerse de nuevo en picadura al menor atisbo de brisa; a ella le recuerda a aquellas trompetas del Rincón de la Victoria; claro que la forma de aquéllas era intencionada y consistente. Sabe que él tiene un monazo terrible de palabras, de oírlas y pronunciarlas. Pero ella teme; precisamente ayer lo estuvo comentando: el miedo a los locos por creer que cualquiera, incluida ella misma, es propenso a la locura. Y huye de nuevo hacia el paisaje de la nieve dominada por un lobo negro.

Él no se va a rendir. Quiere su opiáceo de fonemas.

- Si no le importa ¿me dice qué lee?... ¿de qué trata el libro?

Si fuese otra persona quien le preguntase, le habría dicho que trataba de amor, de soledad, de coraje, de la vida y la muerte, del amor a la vida, del amor a los hombres, de opresiones en el pecho que –no se sabe bien- provocan o son provocadas por la locura, del dolor de matar y el placer doloroso de vivir, de... Pero a él le responde:

- De la Guerra Civil.

Se da por vencido. Y ella intenta en vano volverse a sumergir en la cárcel de A Coruña, pero ya no puede. Ve por el rabillo del ojo cómo él se quita y se pone la camisa; abre y cierra su mochila; coloca su esterilla de playa ya perfectamente colocada...

Vuelven los demás del paseo que ella no ha querido compartir, y él parte, ahora aún más consciente de su mal, que erróneamente había supuesto compartido, carretera arriba, despidiéndose educadamente:

- ¡Hasta luego, señora!

 
Ella piensa, mientras se despide a su vez, que el tratamiento excesivamente cortés en este siglo, hace sentirse, al que lo recibe, más envejecido que respetado, sobre todo cuando el que lo dirige es alguien de más edad que al que va dirigido.

Suben todos la cuesta y, en lo alto, vuelven a verle. Mientras se dirigen hacia él, ella previene: “O es muy raro o está muy solo”, sin ser consciente de que la frase que ha pronunciado es redundante. Él inicia de nuevo su búsqueda desesperada de palabras y, en el cenit ya de su síndrome de abstinencia, se desata desaforadamente, y, confundiendo a Terenci Moix con Stephen King, les habla de que ha estado enfermo; estudiaba filosofía... Pero ahora tiene que volver atrás y empezar a estudiar Primaria. Le interesa la filosofía hindú. “¡Qué buena estás! Perdón” le dice a una, como si fuese el Ramayana el que ha hablado por su boca. Pero insiste: “¿Te puedo decir que estás muy buena?”. Y, sin esperar respuesta: “Estás muy buena”; y el tratamiento de excesiva cortesía se pierde en una mirada de deseo.

Se envuelve solo en una verborrea que no espera más respuesta que un sí o un no: “Salamanca, tierra mía, de arte y sabiduría eres tierra sin igual. Farina tenía un toque en la copla y el fandango. Pero no me gusta Farina.” Se emborracha con el sonido de sus palabras. “Qué triste es esperar solo el autobús de noche. Bueno, y de día" (qué triste es hacer cualquier cosa solo, piensa ella). "Menos mal que han venido. Claro, uno se puede desplazar en su coche. Pero no todos los jóvenes tienen coche. Yo, por lo menos, no tengo. ¿Y ustedes? El tabaco que fumo es el Ideales. Supreme. Ése sí que es un buen tabaco. Cuando tenga dinero, dentro de una o dos semanas, lo compraré. De momento fumo éste. Ahora no tengo dinero. Vamos, para el autobús sí”. Y, aclarando que no les está pidiendo dinero, ríe sin esperar respuesta. No quiere pipas ¡qué más quisiera él que tener paciencia para poder comerlas! Pero le comen los nervios. “Traiga unas pocas, dos o tres... ¿Ven? –dice después de echarse el puñado a la boca y tragarlas tras de masticarlas un par de veces- Yo las tengo que comer así. Me pueden los nervios. Son los nervios”.
 

Suben al autobús y él no encuentra el monedero. Quizá, a fin de cuentas, no era cierto que tuviera para el billete. Pero lo encuentra al final. “Siempre me pasa lo mismo. Es que yo soy así. No sé dónde pongo las cosas”. Se sienta y pide permiso al conductor para abrir la ventanilla “Si a las señoras no les molesta”. El conductor le pregunta por qué y él explica que le molesta el aire acondicionado porque está operado del pulmón. “¡Y fumas!”, le dice, riendo, el conductor. Y él explica que le operaron por eso “Por eso entre otras cosas”. Abre la ventana y lía un cigarrillo. Se sienta detrás e inicia como un lamento entrecortado, que se va hilando como una letanía, pueblo tras pueblo, y termina siendo una canción inventada para ahuyentar horrores: “Que no quiero pensaaaaar, noooooo noooo, que no quiero pensaaaaaar”; primero frases sueltas continuadas mentalmente, la cabeza inclinada hacia las manos, hasta convertirse en un cante ininteligible desde donde están.

Final de trayecto. Él cruza la carretera. Solo. Quizá más solo aún que antes. Se pierden en una infructuosa discusión sobre si es la locura la que lleva a la soledad o, por el contrario, la soledad la que conduce a la locura. Y ella piensa lo solo que a veces puede sentirse uno en un estadio, en un concierto... y lo acompañado que te sientes en otras ocasiones al calor único de tus propios abrazos.




2-9-2001

LA PRINCESA QUE HUÍA DEL MAR (R. Creek)

(Cuento para Sissi. Continuación del de la princesa que no aprendía)

Érase que se era una princesa que no sólo sí sabía sonreír, sino que lo hacía a menudo; tanto, que todos en el reino creían que lo que no sabía era llorar, salvo de risa.

Por supuesto, no estaban en lo cierto, pues la princesa tenía almacenes completos de lágrimas de todos los tamaños y colores. Las lágrimas negras, silenciosas, especiales para las hojas que volaban más allá de las nubes, las guardaba en el cofre del "Vives en mi corazón". Las lágrimas rojas de rabia, con forma de grito desesperado e impotente, en el del "Injusticias que me superan"; cristales salados y azul celeste para las cosas bellas, en el pequeño de "Dulces e irrepetibles ocasiones"; y así hasta mil setecientos cuarenta y ocho tipos. Sí que es cierto que la princesa, que se llamaba Gusanito, los abría poquísimas veces. Tenía los preciosos cristales siempre bajo llave y aun en las ocasiones en las que los necesitaba, solía encontrarles sustitutos del tipo: ira, enojo, enfado, muda tristeza o incluso con su mejor amiga: la sonrisa.

Entre todos esos baúles inundados, había uno que ofrecía un aspecto de fortaleza inexpugnable: el del "Mar de lágrimas", que contenía las que brotaban por el desamor y el desengaño. Éste lo tenía cerrado con ciento un candados en cada una de las seis puertas blindadas, porque sabía que era uno de los más descontrolados y poderosos; no se reducía a mero arroyuelo: se desbocaba en mares y mares sacudidos por todas las fuerzas de la Tierra.

Bien, Sissi: a Gusanito le ha vuelto a suceder. Llegó un mago cargado de ilusiones, frases maravillosas que reflejaban sentimientos hermosos como un arco iris; traía en su chistera millones de besos cálidos y amantes, promesas de amor eterno, palabras y besos y besos y palabras, y más besos seguidos de palabras y más palabras alcanzadas por besos y besos perseguidos por besos... Gusanito descuidó su fortaleza y volvió a amar, con mayor intensidad de la que hubiese creído nunca, y fue dejando caer un cerrojo tras otro hasta dejar abierto el cofre marino, deseosa de que esos amargos cristales no escaparan nunca, franqueados por la inmensa dicha que sentía.

Fue tonta, tonta, tonta como siempre, tonta, tonta, tonta como nunca: el ilusionista, quizá por placer masoquista, quizá por sincera misericordia, decidió que era hora ya de mostrar que ese amor tejido de besos y palabras no era magia auténtica, como había conseguido que creyera Gusanito, sino fruto del ilusionismo mismo: todo tenía truco; la verdad que había enmascarado con tanta habilidad no era más que una dolorosa certidumbre: el mago no amaba; el mago sanaba su propio corazón valiéndose del amor sangrante de Gusanito y, ahora, ya restañadas las heridas del mago, y más lacerantes que nunca las de Gusanito, la dejaba caer de la nube en la que la había hecho levitar, haciéndole ver que hay besos que son sólo palabras y palabras que son sólo eso: palabras.



30/3/01

FREUD Y EL BOLA (R. Creek) / Cuando era más joven (SABINA)


¿Cuántos años tendrá? 16... 17 a lo sumo. Viene riéndose con esa risa nerviosa de quien quiere exorcizar el miedo irracional.

Se sienta, inquieto enciende un cigarro:

- No he parado de fumar en todo el viaje -dice con acento cartagenero- Es que me dan pánico los trenes. Es la primera vez que subo a un tren... Voy todo el camino mirando por la ventanilla...

Los otros se extrañan. Una cree que se trata de una broma, que está imitando el pánico a volar para hacerse el simpático y le ríe la broma. Pero él continúa:

- He montado en todo. ¡Incluso en avión! Pero no me ha dado miedo. En cambio aquí...

Va en serio, para sorpresa de todos. Le animan, le dicen que es el transporte más cómodo y seguro...

- Es que en el autobús, por ejemplo, ves a quien está conduciendo, pero aquí...

- Sí, parece que vaya solo ¿verdad?

- ¡Sí! Como si lo llevaran por ordenador, o algo así.

Sigue hablando sin inhibición, como queriendo noquear al miedo con el verbo.

- Cuando era pequeño...

- De ahí te viene el miedo, ahí está lo que te atemoriza... -dice otra en voz alta, pero como hablando para sí. Él, que no le ha prestado atención, sumido como está en exorcizar el posible descarrilamiento a base de humo, continúa:

- ...vivía al lado de la vía, y mis amigos y yo poníamos botellas, piedras, latas... para ver si descarrilaba, y luego nos escondíamos.

- ¿Y alguna vez pasó algo? -pregunta una tercera.

- ¡No! ¡Qué vaa! Dejaba todo hecho migas ¡incluso las piedras!

- ¿Has visto El Bola?

- Sí...

Pensamos que va establecer paralelismos, y entonces, con una capacidad de síntesis pasmosa, un chico de 17 años sin estudios superiores, sin ser psicólogo o crítico de cine, resume en unas frases la teoría que a Freud le llevó toda una vida elaborar:

- Es la hostia la infancia. Acojona pensar cómo de pequeño no tienes miedo a nada y luego todos esos miedos vuelven cuando creces y entonces sí que les temes.


Y se queda un rato con la mirada perdida.

04/09/01








 

Cuando era más joven viajé en sucios trenes que iban hacia el norte,
y dormí con chicas que lo hacían con hombres por primera vez,
compraba salchichas y olvidaba luego pagar el importe,
cuando era más joven me he visto esposado delante del juez.

Cuando era más joven cambiaba de nombre en cada aduana,
cambiaba de casa, cambiaba de oficio, cambiaba de amor,
mañana era nunca y nunca llegaba pasado mañana,
cuando era más joven buscaba el placer engañando al dolor.

Dormía de un tirón cada vez que encontraba una cama,
había días que tocaba comer, había noches que no,
fumaba de gorra y sacaba la lengua a las damas
que andaban del brazo de un tipo que nunca era yo.

Pasaron los años, terminé la mili, me metí en un piso,
hice algunos discos, senté la cabeza, me instalé en Madrid,
tuve dos mujeres, pero quise más a la que más me quiso,
una vez le dije: "¿Te vienes conmigo?" y contestó que sí.

Hoy como caliente, pago mis impuestos, tengo pasaporte,
pero algunas veces pierdo el apetito y no puedo dormir,
y sueño que viajo en uno de esos trenes que iban hacia el norte,
cuando era más joven la vida era dura, distinta y feliz.

Dormía de un tirón cada vez que encontraba una cama,
había días que tocaba comer, había noches que no,
fumaba de gorra y sacaba la lengua a las damas
que andaban del brazo de un tipo que nunca era yo.

SÓLO HASTA OCHO (R. Creek)






Ya no soy ella. Ahora soy el lacayo.

Arráncatelo. No te va a doler. Te duele ahora, al pensarlo, pero es anestesia, la amnesia. Olvídalolvídalolvídalolvídalo... ¿Cómo se hace eso? ¿Dónde están las instrucciones? Sólo tengo que contar hasta ocho. Sólo hasta ocho.

Uno

Un espejismo en mitad de un desierto. No en el instante extremo. No al principio, ni al final, cuando no reparas en él. En la mitad. Cuando lo necesitas real y no está ahí. Un espejismo evanescente. Ésa soy yo. Para los demás, y eso es buscado. Pero también para mí: no hay de dónde beber. No tengo pasado-presente-futuro que alimentar ni del que sobrevivir. No soy un misterio. Soy un vacío.

Dos

Tú resiste. No lo verbalices. Dejará de ser divertido. Ya ha dejado de ser divertido. Da igual, no lo digas. Las palabras lo convertirán en realidad y no lo es. Sólo otro espejismo evanescente que se ha desplazado hasta la mitad del desierto.

Antes de que tú me dieras alas, yo ya quería volar. Ahora las empapas de mar y no puedo aletear ni para escaparme. Pero pondré distancia. Arrastrándome, si no puedo de otra forma. Soy una anaconda que se autoestrangula buscando constreñir su angustia.

Sólo tengo que contar seis más y luego, para asegurarme la inmunidad, buscar el sirtaki de Zorba, blanco y azul. Y comprar patucos.

Tres

Al darte cuerpo ante ella, te ha invisibilizado; te ha desaparecido para materializarla a ella; del mismo modo que ella ha cobrado realidad en el intento de él por hacerla invisible a tus ojos. Piensa que, si la ves, te desvanecerás de verdad y, contigo, ella. No sabe que la has visto ya, desde el primer día, en lo profundo de su mirada atormentada, latiendo en su angustia. Ignora que no te has quedado porque esperes (nunca lo has hecho), sino porque, golondrina de El príncipe feliz, el cemento se ha secado en tus alas y ahora cuesta mucho más hacerlo añicos.

Es difícil, pero no imposible. Ayuda el repetirse, como si de una cuña publicitaria se tratase, ocho veces por microsegundo (ni una menos): Parcheflexibleparcheflexibleparcheflexible. Y recordar que no eres más que una ortopedia con la que disminuir su síndrome de abstinencia por el miembro fantasma, arrancado de cuajo sin haberle pertenecido; la lombriz-cebo que le devuelve el sueño de tangibilizar un pez-mito, deificado por la imposibilidad de que se vuelva pescado.

Sólo eso, y contar cinco más. Y todo habrá vuelto a la hipnosis pasada de Un mundo feliz. No habrá nada. Ni espejismo. Pero tampoco sed.

Cuatrocincoseisiete ¡ocho!

Ya. Se acabó. Qué rápido. Desenlatada, al fin. Sin celos, rencores, autoempequeñecimientos… Te quiero como debía haberte querido sin contar hasta ocho. Sin estrangulamiento, sin hipnosis orwelliana. Como te mereces y deseas. Profundamente, visceral pero positivamente, con el corazón y sin las tripas. Con la serenidad que me lleva a abrir los ojos y quererte también en tus ínfimos y enormes defectos y desde mis minúsculas y gigantescas debilidades e inseguridades. Te quiero compartido, y con un amor que ya no me lleva a combatirte sino a resurgirte, a no luchar más contra ti sino contigo. Por tus sueños sin los míos. Por los míos sin los tuyos. Pero juntos.

Ya no deliro. He pasado el delirium tremens y sigo aquí, sorprendida al descubrirme igual, espejismo en mitad del desierto. Pero espejismo, ahora, no para desesperarse o desengañarse: para engañarse y soñar.

Tres mil doscientos quince

Pero no se acabó. Siguió la tortura y la desertificación. Y hasta un grado que, hoy, hay zonas que no han vuelto a brotar.

VIDRIERA VIRTUAL (R. Creek)


Somos pedacitos rotos componiendo una vidriera abstracta y ecléctica. Un fragmento de ella, el más iluminado desde la posición en que me hallo (pero que nada es sin el total):


El combatiente de lo cotidiano.

Mi combatiente favorito. Sabedor siempre (sin necesidad de pancartas-jueces-árbitros-avisos-alertas-amonestaciones,...) de que lo nuestro es de Risk. Nunca acorralado -por más que uno se empeñe- lejos de perder ni un ápice de compostura, contra las cuerdas exhibe cordura. No te devuelve un golpe bajo. Juega con la limpieza del deportista y se bate con ardor, pero sin desenfreno. Un señor(*) de la guerra de juguete, un paladín del verbo -al que cuida amorosamente, pero no más de lo que mima al adversario-. Un sabio conocedor de que quien mata al oponente, mata, al punto, una parte de sí mismo, y que en ello le va su propio crecimiento.

Es el orgullo en su sentido más puro: el orgullo patrio, el orgullo matrio, el orgullo uxorio, el orgullo filio. No le molestará una cana, antes bien, le palmearán las sienes, si la cana nace en el sitio mismo en que la luciese su abuela. Ni un disgusto si es el mismo sinsabor que padeció su hijo hace apenas dos semanas. Cuando lo escuchas hablar, sueñas ser lo que describe: su ancestro, su amiga de infancia, su playa amanecida, su rosa, sus luchas, sus vistas de pájaro, su Klimanjaro, sus penas, sus vidas...

Es la presencia del espectro, ésa que sientes imperecedera incluso cuando su ausencia se prolonga lustros.

Es esa rara avis, imposible, legendaria, de una pasión que actúa con razón y una razón a la que mueve el corazón.

Pura paradoja: el solitario con quien uno se siente más acompañado. El diferente buscando la semejanza. El apoyo incondicional del desconocido. Es el autista sociable, el invencible vencido, el sabio inocente, el ilusionista ilusionado. El amigo.

(*) mayor ; )


El fiero cachorrillo

Mi Delia es el cachorrillo tierno que cree engañar a todos cuando enseña esos dientecillos de leche ladrando autosuficiencia. Se vale muy bien por sí misma, eso no hay quien lo dude, pero hasta el más ciego se percata de que se derrite como el chocolate cuando siente la tibieza respirándole cerca.

Mi Delia es un caramelo agridulcepicante. Con ella sabes que puedes reírte de todo, es capaz de convertir en comedia la más tonta de las tragedias sólo con un breve comentario teñido de ironía inteligente. Su dulzura se desborda por esos ojazos que te gritan humanidad cuando su boca te canta la de “Y a mí me importa un bledo”.

Mi Delia es insensible a la ñoñería, pero pura fibra cordal ante la injusticia, la incomprensión, la intolerancia,… Es sincera, consecuente, leal y sensata, incluso (o quizá más que nunca) cuando se viste de Suellen y comparte sus quiméricas reflexiones antes de zarpar a bordo de su cama-carabela. Fiera espadachina contra la prepotencia, el engaño y la traición, te tiende la mano cuando te sabe vencido y te invita a un desayuno con un par de mimos lijosos, de ésos que sólo ella sabe dar. Mi Delia, de vez en cuando, se pone su máscara de impenetrable, pero no le aguanta ni dos besos. Y no tiene otra. Mi Delia te pone su mejor manta de amor cuando tiritas de desolación, y se defiende del gesto diciendo que te ha caído encima cuando su intención era sacarla a que se airease. Mi Delia arropa de comprensión tus actos más descabellados y se justifica diciendo que venía de ver a la Chaning. Mi Delia, que es también tu Delia, nuestra Delia, es de las mejores cosas que te puedan suceder en la vida (pero ni se te ocurra decírselo, o te verás enterrado por la enciclopedia universal de la excusa, mientras escuchas el gruñidillo con el que enseña esos dientes de leche que a nadie engañan). Te quiero, Delia, aunque te joda que te lo diga, y que te lo diga en público.


 Il lupo

Toda una vida de mitología lobuna, tantas Caperucitas de infancia devorada, tantos rebaños mermados a costa de nuestra postadolescencia, tantos terrores superados y, cuando aprendemos a combatir, evitar, ¡torearlo! viene el lobo de Rodríguez de la Fuente a enseñarte esos ojos melosos de inteligencia infinita, ese hocico húmedo que acaricia a su camada, esa soledad buscada aullando a la luna…

La pasión tiene dos caras enfrentadas y, entre ambas, la pasión tiene tantas faces como el prisma de Nichols. No te deja indiferente porque deshace la luz blanca que podría llegarte y la reparte en haces de colores, y si un día te toca la tibieza del azul te inundarás de calidez maternal y te arrancará tres nanas y diez agarimos; pero si un día te tiñe de rojo, te tocará el incendio de Roma y creerás que la presa de las Tres Gargantas no será suficiente para apagarlo.

¿Qué escena lupina pintar, pues? ¿la del defensor de lo suyo o la del atacante de lo ajeno? ¿la del colmillo que hiere o la de la boca que lame? ¿la del cachorro que pide que acaricies su lomo o la del adulto a quien le sobra casi hasta el alimento que puedas ofrecerle? ¿la que te gusta o de la que huyes por el caminito corto, a refugiarte en brazos de la abuela, aunque te pierdas las flores? ¿la que ves o la que temes? ¿Amable o terrible? Querible.
 


Un Manolete que encontró a su Lupe Sino

Se cree invisible, parece. Pero no lo es en absoluto.

Aparte de las hechuras (buenas hechuras) tiene el temple de los buenos toreros y sus pases destacan incluso en una tarde de capea. En el coso, rodeado de otros quince maletillas, capta, aun sin proponérselo, la atención del público y del astado, y termina toreando solo. Tiene esa mirada larga de quien, a la primera, ve en el bicho la casta, más allá de la apariencia, y pega los capotazos precisos, sin agotar al animal, pero sin buscar la faena rápida y facilona, sacando, con lo peor, lo mejor del Miura. Torea por afición y con maestría, por naturales o por chicuelinas, pero con el brazo y la muleta, guardándose el corazón en su sitio y para lo que tiene que estar.

Fuera del ruedo da la misma impresión de no juzgar a la ligera. Tiene el don de la visión estroboscópica, que le permite captar, en un instante, lo que a otros nos cuesta años.

Tiene suerte, y lo sabe, pero sabe también que a la suerte hay que echarle valor, y él no ha andado corto. Por si no fuese bastante, derrocha la sensatez de las grandes figuras, a las que el éxito no se les sube a la cabeza porque saben que el triunfo es una conquista del día a día.

¡Olé, maehtro!


 La laguna

 Ana es la Laguna Negra, remanso de aguas cristalinas y tranquilas. Te sientas frente a ella y te refleja en una imagen tan pura y serena que no te reconoces. Junto a ella brota, turbulentamente, el río de la vida, pero ella permanece inalterable, incluso apaciguando su salto recién nacido.

Esa superficie, infinitamente calma, encierra, engañosa, en lo más hondo, torbellinos de corrientes doloridas, laberintos subterráneos de lágrimas habitados por peces abisales que, ciegos, nadan torpemente de un lado a otro buscando la luz, algas que se enredarían sensualmente en tus pies, cantos de sirena que te llevarían a lo más profundo de esas aguas sin fondo, paraísos acuáticos de intensas pasiones... Todo ese mundo submarino permanece invisible. Sólo ella sabe que existe, porque, en su afán de no perturbar la quietud del paraje, lo ha cubierto con un cristal que espeja el exterior, ocultando, opaco, el riquísimo interior.

De vez en cuando, tras un deshielo, la superficie del cristal se resquebraja un poco y deja salir, por la grieta, un haz de sensaciones en arcoiris. Si, en ese momento privilegiado, se hallase por allí algún intrépido explorador, sin dudarlo se zambulliría para enredarse en esas plantas acariciadoras, para emborracharse en esos sonidos enloquecedores, para sumergirse y sumergirse y nunca más volver. Pero la laguna restaña rauda sus brechas, de modo que hay que ser muy tenaz y muy romántico para esperar plácidamente ese casi imperceptible instante en el que aparece la breve rendija por la que acceder a la inmersión. Merece la pena. Lo intuyo. Casi lo sé.
 


Lupe Sino 

La Pasionaria del XXI, conquistando el día a día para, moral sincera, ofrecer a los suyos las mismas consignas que enarbola para sí en su bandera. Mirada al frente, adelanteadelanteadelante, atrás ni para coger impulso. Luchadora en mil batallas, se acuesta revolucionaria y se despierta libertaria, antorcha en mano, a dibujar calles y despintar machos.

Globo aerostático que se infla con los vuelos de su peludito y su samurai, a quienes sirve, a un tiempo, de combustible y canasta. Y que son para ella, también a un tiempo, motor inagotable y efímero pero placentero reposo.

Genara de Manolete, a quien ha convertido en uno de los pocos tipos sabedores y pregoneros de su suerte.

El nenúfar que navega por la vida con raíces flotantes porque, mujer de su tiempo, sabe que no llegaría a ningún sitio si se empeñase en enterrarlas en lo perenne e inamovible de la nostalgia. Pero, savia tierna, sabia inmensa, conservando el romántico poso de amor en sus cálidos y risueños pétalos.

domingo, 22 de julio de 2007

EL OLVIDO ESTÁ LLENO DE MEMORIA (BENEDETTI) - LA ÚLTIMA CENA (R. Creek)





Decía Unamuno que cuando se muere alguien que nos sueña se muere una parte de nosotros. Pero yo sé, como sabes tú, que rescatamos al soñante cada vez que nosotros lo soñamos, cada vez que nuestro olvido se llena de su memoria. Y para eso ha nacido este lecho, para recuperar esa parte de nosotros soñando al soñante para que nos vuelva a soñar. Para ti, princesa Comino, hija de princesa Comino.

Cruzó los brazos p’a no matarla, cerró los ojos p’a no llorar. Temió ser débil y perdonarla y se abrió la puerta de par en par. Caminó, caminó, caminó hasta agujerear sus alpargatas y, cuando se dio cuenta, al notar la tierra ardiente bajo su piel palmar, había llegado a la luna de Valencia. Huía del cierzo y lo acunó un levante con nombre de mujer de robustas entrañas y tiernos despertares.

Construyó un horno en el que incinerar su desengaño y terminó cociendo en él placas de arcilla esmaltada con el brillo de los ojos de su pequeña. ¿De dónde sacaría su princesa Comino tanta fuerza como para levantar esa pesada espada de paciencia contra el fuego de dragón devastador que a veces arrojaba su hermano? El infortunio no le concedió el tiempo necesario para hallar la respuesta, ni para comprobar todo el alcance que luego exhibiría esa arma gigante de la que ya nunca se desprendería su pequeña.

La princesa no ríe, la princesa no siente. Despadrada a destiempo, abandona sus oros, abandona sus tules, mas siguió en su custodia el dragón, ahora colosal coloso en llamas. De vez en cuando, cuando trina alegre, pobre jilguero atrapado que sueña con un vuelo apenas si intuido, vuelve a sus venas la sangre azul cielo libertario de las princesas verdaderas, y entonces se viste de criada en La tía Pepatona o de señora en cualquier otra, de madre asustada o de hija deslomada, de mujer-niña abandonada o de gorrión cojo que sale del nido, para entusiasmo admirado de un público entregado de antemano.

Quizá adivinaba ya, cuando, saltando a la comba en la carretera, recitaba a Rubén Darío

Calla, calla, princesa —dice el hada madrina—;
en caballo, con alas, hacia acá se encamina,
en el cinto la espada y en la mano el azor,
el feliz caballero que te adora sin verte,
y que llega de lejos, vencedor de la Muerte,
a encenderte los labios con un beso de amor.


Ella aún estaba cambiando los dientes cuando su caballero andaluz ya masticaba la amargura de ver cómo su padre se consumía entre barrotes de postguerra. Un día como todos, cuando apresuraba el paso para que la comida llegase aún caliente desde las manos de su madre al paladar reseco de miedo de su padre, chocó contra el muro helado de las palabras de Chano, el tabernero: No vayas, Antonio. A tu padre ya le dieron la última cena.

 
Cerró los puños p’a no matarlos, cerró los ojos p’a no llorar el llanto de su madre y sus hermanas y cuando se marchaba ni intentó mirarlas, ni lanzó un quejío, ni les dijo adiós. Entornó la puerta y p’a no girarse se hizo un duro callo en el corazón.

Anduvo, anduvo, anduvo hasta agujerear sus temores y, cuando se dio cuenta, al notar el aroma cálido del azahar, había llegado a la luna de Valencia. Huía del mitgjorn y lo acunó un levante con nombre de mujer, de trino melodioso, ojos lacados y corazón de princesa, un comino que luchaba contra un coloso colosal dragón con el espadón de la paciencia infinita, y a quien rescató, rescatado a su vez, para entusiasmo admirado de un público entregado de antemano.

viernes, 20 de julio de 2007

LA AMNESIA ES ANESTESIA (R. Creek)


Sabe que sufre de falsa ceguera cuando, observando su cuerpo acupunturado en espinas de rosas, sólo es capaz de traducir esas formas sangrantes como un baño en los pétalos aterciopelados de esas espinas, a pesar del dolor que finge no sentir.

Se sabe sorda cuando acude, imanada, al sonido que emite un viejo televisor hablando del temor al rechazo y lo canta, confiada, convertida de repente en una sirena odiseíca.

Se sabe enferma cuando, mientras anota las citas del viejo maestro de los puntos de arroz, escribe también: me engañaste, no río, me estoy derramando.

Sabe que está loca cuando se mira al espejo y ve una mujer con un triángulo en la cabeza y, sin embargo, un círculo completo, acabado, en el pecho. Un triángulo como la arcaica representación del dios masón, con un centro ocular que todo lo sabe porque no tiene párpados con que dormir las certezas. Un círculo que sólo encierra la perfección cíclica de los finales felices fundidos en comienzos esperanzadores, porque carece de rendijas por las que se cuele el menor rayo de realidad.

Lo sabe todo. Pero lo olvida todo, también, en el reflejo del sueño de la imagen del eco de una inventada promesa.

martes, 17 de julio de 2007

¿CEGUERA O IDIOCIA? (R. Creek)


De pronto, a cuenta de nada, generas un terremoto con hipocentro en tu mismísima víscera vital, cuyos efectos, inevitablemente, padeces, ¡y cómo! porque los de este tipo, a diferencia de los seísmos al uso, tienen epicentros múltiples que sacuden/convulsionan/destrozan diversos órganos sensitivos, si no todos, tras haber demolido barreras ¡muros titánicos! que habías ido fortaleciendo desde tiempos inmemoriales.

A veces sucede el milagro de que uno de esos epicentros coincida exactamente con el punto de origen de otro terremoto ajeno, generado justo en la víscera que hizo nacer el tuyo. Si eso sucede, la confusión es mayúscula, puesto que las sacudidas son de ida y vuelta y, así, la fuerza de tu propio terremoto colisiona con la del otro, y ya no se sabe si los temblores los provoca uno, otro o, lo más probable, ambos. Si se produce este extraordinario fenómeno, no resulta extraño escuchar el rugido de las sacudidas bipolares desde confines insospechados de galaxias remotas, siendo ésta la única música capaz de expandirse por el universo (un misterio más, como el eco de los graznidos del pato, pero éste sin explicación científica).

Mas esa coincidencia es rara; muy inusual. Lo más frecuente es que tu propio terremoto haga vibrar a la persona que te lo provoca y concluyas, cegada por ese estado caótico, que a ella también le está sucediendo lo mismo. Cuando descubres tu error, la sensación que experimentas es una mezcolanza de autoburla lacerante -por la estúpida falta de previsión- y profunda tristeza por el desastre de jirones en que, a continuación, lo encuentras todo. Esa nefasta sensación es aún más terrible si los temblores del otro tienen su hipocentro en una tercera víscera. En realidad te culpas porque piensas que podrías ¡deberías! haberlo evitado; te sientes idiota por no haber visto lo que ahora, cuando tus propias sacudidas se han calmado un poco, aparece ante ti en carteles luminosos que harían sombra a Las Vegas. No sabes si ha sido ceguera o idiocia. Con el tiempo deja de importarte y piensas, tras el muro de hormigón armado que en esos momentos estás reforzando con acero, que no te va a pasar más. No te das cuenta de que, en realidad, es ésa tu genuina ceguera-idiocia: volverás a destrozarte entero ante la mínima posibilidad de encontrar ese doble tsunami que se escuchará en los confines del universo.



QUÉ BELLO ES VIVIR... SOÑANDO (R. Creek)


Cuando era niña, hubo una época en que me llevaba un disgusto de aúpa cada vez que, en cualquier película, aparecían regalos que nunca llegaban a abrirse. Él iba a buscarla y llevaba en la mano una tabletita brillante con lazo; ella le besaba levemente en la mejilla, decía que no debería haberse molestado, y depositaba el presente sobre la chimenea mientras seguían hablando de otras trivialidades, nunca tan importantes ¡nunca! como el contenido de ese regalo del que no volvía a hablarse en toda la película, para mi desesperación. 

No quiero ya ni hablar de las películas navideñas. Cajas y cajas por todas partes y sólo se veía el contenido del gracioso regalo del nieto al abuelo y el esperado y largamente buscado regalo del niño. ¡¿Qué recontrarrábanos contenía el resto?! Hubiese traspasado el cristal y los habría abierto yo misma. Lo juro. De hecho, en cuanto veía un envoltorio, ya estaba yo nerviosa cruzando dedos: quesevealoquetiene quesevealoquetiene aunque sea un calcetín con tomate. No sé cuándo, pero superé esa fase. Supongo que cuando me di cuenta de que todo era atrezzo, que se trataba de cajas de detergente vacías, delicadamente disfrazadas. Y supongo también que llegué a esa conclusión porque mis hermanos y yo hacíamos lo propio para adornar el árbol: envolvíamos galletas, rosquillas,… de todo, hasta que el árbol se ladeaba peligrosamente hacia el beso del suelo.

A esa fase siguieron muchas otras. En una de ellas me empeñaba en imaginar qué sucedía después de The Ends, sobre todo si se trataba de una película desaconsejada para diabéticos que no me llegaba a creer. Por ejemplo, pensaba que Richard Gere, en la primera discusión que tuviese con Julia, le echaría en cara su pasado “milonguero”; ella no se lo perdonaría y se largaría; él la iría a buscar otra vez, y así hasta el infinito. Pero también me sucedía con las que me gustaban: también pensaba que Ilsa no iba a ser nada feliz con Lazlo, que viviría una apacible vida resignada, y no me cabía en la cabeza que a Lazlo eso no le importase.

Superé igualmente esa etapa. La superé cuando, viviendo, aprendí que, como los regalos, hay sueños que merece la pena mantener en su vitrina, sin levantar jamás la campana transparente que los preserva de la realidad, cuyo contacto, muy probablemente, los convertiría en cenizas. Sí, aprendí que los sueños cine son cuando, realidando cualquiera de los míos, se me hizo polvo. Conocí, entonces, que es posible vivir, vivir realmente, pero sin despertar del ensueño. Supe que cada fragmento de magia encerrado en una película acaba ahí porque es eso: pura fantasía en la que no hay progreso, puro onirismo recurrente al que volver siempre. Sin aterrizaje ni desengaño posible. Y supe, en fin, que hay ciertos besos que saben mucho mejor si no se dan con los labios, porque se convierten en el beso eternamente sabroso que esperar de la vida; que la luna es inmensamente más bella desde aquí abajo que explorada al microscopio; que hay regalos que son más hermosos cuando se quedan cerrados, porque entonces permanecen siempre llenos de promesas.


AHORA QUE MIS SUEÑOS SON UN CINEMA PARADISO (R. Creek)


Mi tío Alfredo, como el Alfredo de Cinema Paradiso, también era proyeccionista. También vio cómo su cine desapareció, no pasto de las llamas, sino de la insostenibilidad económica (extraño concepto siempre, pero más cuando se aneja al arte, a cualquier arte). Pero nos dejó nuestros recuerdos de cabina, como los de Totó, nuestros carteles y recortes -ya sólo mentales- de algunos fotogramas, y la emoción pícara de presenciar secuencias que sólo entenderíamos años después. Hace poco, tras muchísimo tiempo, volví al pueblo de mis primeras películas, de mi primer cigarrillo detrás de la iglesia, de mis primeros amores y mis primeros pecados de palabra, obra, omisión y, sobre todo, imaginación. Todo había cambiado y todo seguía igual. Sentí ganas de llorar. Aún no sé si por el tiempo detenido o si por el tiempo que ya no vuelve.

¿Por qué nos resistimos tanto a los cambios? El cambio a veces supone crecimiento, máxime cuando hemos llegado a un punto en el que el estancamiento es evidente. Eso lo sabemos todos. Sin embargo ¿por qué a algunos, a la mayoría, nos resulta doloroso hasta el punto de que incluso tras un desengaño profundo nos resistimos y tiene que ser el propio Alfredo quien nos eche del pueblo?

Pienso que es porque somos muy conscientes de que lo que dejamos atrás no son sólo los momentos de frustración, sino también los de ensueño. Tememos dar el paso hacia la primera vez porque eso puede suponer el olvido de otras primeras veces. Nos aferramos a lo que ya hemos construido y nos da miedo saltar y abandonar el regazo de lo familiar, de lo querido.

Para muchos de nosotros, la vida es un eterno y torturante dilema entre dejarnos seducir por nuestro amor a la aventura, por la pasión de lo desconocido, y permanecer en el arrullo de los aromas cercanos, en la seguridad de los afectos genuinos. Una constante disyuntiva entre el afán por explorar el sabor nuevo de los besos que nos dará la vida, y la nostalgia de los que ya dimos y seguimos degustando apenas cerramos los ojos (o los abrimos frente a una pantalla, incluso la del cine).


WONDERFUL WORLD (R. Creek ft. Louis Armstrong, George David Weiss, Bob Thiele y George Douglas)


@ras
Puedes caminar cada día sin otras palabras que las del relato que tienes entre tus manos, sin otro abrazo que el de la pareja con que te cruzas cada día,… y, sin embargo, no sentirte solo y saberte, incluso, nada infeliz.

Puedes repetir una y mil veces una secuencia de acción diaria, semanal, mensual, quinquenal… sin sentirla jamás rutina, protegido, mullido por lo previsible y sintiéndote afortunado.

Puedes nadar cada día entre las mismas lágrimas sin necesitar burbujas; retozar en las mismas praderas, sin necesitar cosquillas; alunarte cada noche en los mismos cielos sin necesidad de luna… Y no sentirte, ni por un momento, desdichado.

Puedes pasar la vida contemplando desventurados momentos ajenos -o propios pero pasados- y sentir entonces que estás muy cerca del wonderfulworld de Louis y comprarte los días siguientes, iguales a éstos.

Pero un día, de la mano de lo familiar, se te cuela por debajo de esa puerta, que siempre tienes cerrada, una breve brisa inofensiva que apenas si te hace sonreír, y a la que dejas permanecer porque no supone amenaza alguna. Y ese sutil soplo silbidinoso, sin corriente que explique su repentina intensidad pues la puerta sigue cerrada, empiezas a sentirlo no ya como mecedor susurro, sino como apasionado huracán que va a hacer que estallen tus prevenciones en mil añicos de confetti. Y entonces tus serenos despertares se convierten en baño de serpentinas de emociones. Y cuando, al acostarte, cierras los párpados, ya no eres capaz de cerrar los ojos con ellos, porque los tienes inundados de deseos, borrachitos de fantasías.

Extrañamente, no sabes si es ahora, pequeña y zozobrante, llena de temores extraños, informes y desconocidos, cuando eres feliz, pero sabes que estás en el vórtice mismo del wonderfulworld de Louis y te compras mil vidas. Iguales a ésta.



I see trees of green, red roses too
I see them bloom for me and you
And I think to myself what a wonderful world.

I see skies of blue and clouds of white
The bright blessed day, the dark sacred night
And I think to myself what a wonderful world.

The colors of the rainbow so pretty in the sky
Are also on the faces of people going by
I see friends shaking hands saying how do you do
But they're really saying I love you.

I hear baby's cry, and I watched them grow
They'll learn much more than I'll ever know
And I think to myself what a wonderful world.
Yes, I think to myself what a wonderful world.

Songwriters: GEORGE DAVID WEISS, GEORGE DOUGLAS, BOB THIELE