Qué bella suena, en boca del zorro, esa desgarradora petición de domesticación. Qué inmensidad la del amor del Principito por su rosa, convertida, por eso mismo, en la rosa más rosa de todo el sistema estelar, en la única.
El anhelo de que te personalicen de forma única por obra y gracia del amor es universal. El amor nos hace más únicos de lo que nos convierten nuestras propias idiosincrasias y más aún de lo que nos marcan como únicos nuestras obras individuales, por muy originales que sean. La mirada ad/mirada de otros puede convertirnos en únicos a ojos del mundo, pero el propio sentimiento de unicidad se adquiere sólo por el amor, mucho más allá de la admiración ciega.
La domesticación empieza por hábitos apenas descriptibles -a las diez cada noche; tras mi sonrisa, su beso; tras su silencio, el mío; tras sus labios en mi hombro, el placer; tras el sueño, su caricia; tras su cansancio, mi pecho; tras mi desconsuelo, ovillarse...-. Y cuando se han repetido tanto que no puedes vivir sin ellos más de lo que podrías vivir sin pulmones, no es posible satisfacer ya esta demanda: Olvídate de mí.
He olvidado disputas puntuales, he olvidado rostros completos, he olvidado lunares, se me han olvidado los nombres de las cosas... pero nunca he olvidado -ni cuando he puesto la voluntad más férrea- los chistes que te hacían reír, las tristezas que arrancaban tus lágrimas, los sucesos previos a tus mutismos doloridos, las caricias que te hacían vibrar, los sonidos de tus pisadas, tu canción favorita, tu película fetiche, ni los latiguillos que te convertían en el abuelo de las batallitas, no he olvidado la huella de tus manos sobre mi cintura desnuda, ni las salpicaduras de dentrífico contra el espejo. Quizá me he olvidado ya de lo que te quise y de lo que me quisiste, de hasta dónde y desde cuándo; pero no he olvidado tus cosas, que fueron, entonces, mis cosas. Y no sé si querría olvidarlas nunca.

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